18 feb. 2015

Grandes fragmentos XXVI

LA GENTE MUERE.

Este es el hecho que el mundo nos oculta desesperadamente desde nuestro nacimiento. Mucho después de descubrir la verdad sobre el sexo y Santa Claus, este otro mito perdura, eso de que siempre serás rescatado en el último momento y, si no es así, tu muerte al menos significará algo y habrá alguien allí para sostenerte la mano y llorar por ti. Toda la sociedad está construida para apoyar esa mentira, el planeta al completo es un enorme y ruidoso espectáculo de marionetas diseñado para distraernos del hecho de que, al final, morirás, y probablemente estarás solo.

Yo era afortunado. Lo supe hace mucho tiempo, en una pequeña y sofocante habitación en la parte trasera del gimnasio de mi instituto. La mayoría de las personas no se da cuenta hasta que ya están tiradas en el asfalto con la cabeza bocabajo en algún lugar, jadeando su último aliento. Sólo entonces se dan cuenta de que la vida es una vela parpadeante que todos llevamos de un lado a otro. Una ráfaga de viento, un accidente insignificante, un microsegundo de descuido, y se apaga. Para siempre.

Y a nadie le importa. Pataleas y gritas y lloras en la oscuridad, y no llega ninguna respuesta. Sueltas tu ira contra la insondable injusticia y a dos manzanas de allí algún tipo está viendo un partido de béisbol y se rasca las pelotas.

Los científicos hablan de la materia oscura, lo invisible, la sustancia misteriosa que ocupa el espacio entre las estrellas. La materia oscura supone el 99.99 por ciento del universo, y no saben lo que es. Bueno, que yo sí. Es apatía. Esa es la verdad; pon en un montón todas las cosas que sabemos y que nos importan en el universo y no serán más que una diminuta mota en medio del vasto océano negro de A-Quién-coño-Le-Importa.

John muere al final. David Wong

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