20 jun. 2014

El castillo de Otranto

Conrado, el débil hijo de Manfredo el señor de Otranto, muere antes de contraer matrimonio con Isabella. Una antigua maldición que pesa sobre la familia hace su aparición y provoca que Conrado fallezca aplastado por un yelmo gigante caído del cielo. Ante la posibilidad de que desaparezca su estirpe Manfredo, en un ataque casi de locura, decide divorciarse de su mujer Hipólita y casarse con Isabella, quien escapa y se esconde en un monasterio cercano. En su huida conocerá a Teodoro, quien hará lo posible para salvar a la muchacha mientras intenta salvar su propia vida. 


El castillo de Otranto es una novela de 1764 considerada como el texto que inaugura el terror gótico, de hecho si eres aficionado a este género literario encontrarás los elementos que luego se repiten en las historias que vinieron detrás: el castillo encantando, las maldiciones, los fantasmas y presencias, las criptas, las doncellas en peligro, los tiranos enloquecidos, etc, etc. El problema que tiene El castillo de Otranto es que no ha envejecido todo lo bien que debería y al lector actual le puede chirriar bastante la trama y cómo está contada, incluso con pasajes que pueden llevar a la mofa, pero no se merece ni mucho menos dejarla caer en el olvido. Cualquier lector amante del género tendría que acercarse a ella y disfrutarla con la mente abierta, incluso hacer de su lectura un homenaje a su autor, Horace Walpole, quien nos hizo un precioso regalo al abrirnos las puertas a este tipo de literatura. 


“-¡Oh, señor! -replicó un torrente de voces-. ¡El príncipe! ¡El príncipe! ¡El yelmo!¡El yelmo! Impresionado por estos lamentos y temiendo no sabía qué, avanzó apresuradamente. Mas ¡qué visión para los ojos de un padre! Contempló a su hijo despedazado y casi sepultado bajo un enorme yelmo, cien veces mayor que cualquiera hecho para un ser humano, y ensombrecido por una cantidad proporcional de plumas negras. El horror de aquel espectáculo, la ignorancia de los circunstantes sobre cómo había acaecido la desgracia y, ante todo, el tremendo fenómeno que tenía ante él, dejaron al príncipe sin habla. Su silencio se prolongó más de lo que cabría atribuir al dolor. Fijó sus ojos en lo que en vano hubiera querido que fuese una visión, y pareció menos afectado por su pérdida que sumido en la meditación a propósito del insólito objeto que la ocasionara. Tocó y examinó el yelmo fatal, pero ni siquiera los restos sangrientos y despedazados del joven príncipe consiguieron que Manfredo apartara los ojos del portento que tenía ante sí. Quienes sabían de su gran afecto por el joven Conrado, estaban tan sorprendidos por la insensibilidad de su príncipe como por el milagro del yelmo. Trasladaron el desfigurado cadáver al salón sin haber recibido orden alguna de Manfredo. Éste tampoco dedicó la menor atención a las damas que permanecían en la capilla, y no mencionó a su esposa ni a su hija, aquellas desdichadas princesas."

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