25 jul. 2011

Grandes fragmentos XVIII

- Veo que guardáis silencio. Al menos sentís vergüenza. Eso es algo - continuó su padre -, pero no suficiente. No suficiente. Sois Escipiones. Mirad a vuestro alrededor. ¿Qué veis?
Los muchachos miraron las paredes del jardín y del atrio. Había varias estatuas.
- Estatuas, padre - dijo Publio.
- Son vuestros antepasados. Lucio Cornelio Escipión Barbato, vuestro bisabuelo, cónsul, Cneo Cornelio Escipión Asina y Lucio Cornelio Escipión, vuestros abuelos, cónsules ambos también. Vencedores contra los insubres, conquistadores de Córcega, de Aleria. ¿Y en qué se sustenta la fortaleza de nuestra familia?
Los dos muchachos dudaron.
- En la confianza. En la confianza mutua que se trasmite de padres a hijos. Si no puedo fiarme de vosotros, yo no soy nadie, y si vosotros no confiáis en mí o en vuestro tío, no valéis nada. ¿Nunca os habéis preguntado por qué nos llamamos Escipiones?
Ambos permanecieron en silencio.
- Porque vuestro bisabuelo, ya anciano y ciego por la avanzada edad, se apoyaba en su hijo Lucio para poder caminar, lo usaba como un scipio, era su bastón. De ahí el nombre que hemos heredado. Vosotros sois mi apoyo, debéis ser mis ojos y mis oídos cuando a mí me fallen, sois mi scipio. De la misma forma que vuestros hijos lo serán para vosotros. No lo olvidéis nunca. Nunca. ¿Está claro? 

Africanus: el hijo del cónsul. Santiago Posteguillo. Ediciones B. 

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