1 feb. 2011

Grandes fragmentos XII

- Ningún precio vale un alma. Tú...
- ¡Deja de juzgarme! Que los fantasmas de Kalad te lleven, mujer. ¡Me siento orgullosa de haber vendido mi aliento! Una parte de mí vive dentro del rey-dios. Gracias a mí, él continúa viviendo. Soy parte de este reino de un modo que muy pocos comparten.
Joyas sacudió la cabeza y se dio media vuelta.
- Por eso nos molestáis tanto los idrianos. Tan altivos, tan seguros de que todo lo hacéis bien. Si tu dios te pidiera que le dieras tu aliento, o incluso el aliento de tu hijo, ¿no lo harías? Vosotros entregáis a vuestros hijos para que se conviertan en monjes, obligándolos a una vida de servidumbre, ¿no es así? Eso se considera un signo de fe. Sin embargo, cuando nosotros hacemos algo para servir a nuestros dioses, nos miráis con mala cara y nos llamáis blasfemos.
Vivenna abrió la boca, pero no fue capaz de encontrar ninguna respuesta. Enviar a los niños a convertirse en monjes era diferente.
- Nosotros nos sacrificamos por nuestros dioses -continuó Joyas, todavía mirando por la venta-. Pero eso no significa que nos exploten. Mi familia fue bendecida por lo que hicimos. No sólo hubo dinero suficiente para comprar comida, sino que mi padre se recuperó y unos años después pudo volver a abrir el negocio. Mis hermanos todavía lo dirigen. No tienes por qué creer en mis milagros. Puedes llamarlos accidentes o coincidencias, si quieres. Pero no te apiades de mí por mi fe. Y no presumas de ser mejor, sólo porque crees en algo diferente.

El aliento de los diosesBrandon Sanderson. Ediciones B

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