17 ago. 2009

Los navegantes

La primera novela de José Miguel Vilar cayó en mis manos tras "Alarido de Dios" y no hizo más que confirmarme que este autor es muy especial. Hasta me atrevería a decir lo de único en su especie ya que Vilar tiene un don para utilizar el género fantástico y mostrar con él la cruda realidad de la guerra a la que desnuda de cualquier ideal romántico. En "Los navegantes" no encontraremos héroes dispuestos a morir por el más alto de los ideales, ni líderes dispuestos a todo por defender a su pueblo. De hecho tendremos reyes que ni siquiera respetan a aquellos a los que mandan a luchar, enviándolos al matadero mientras se guardan las espaldas y comen como cerdos y tendremos soldados que nunca están lo suficientemente borrachos para enfrentarse a lo que les viene encima.

Esta es la historia de una maquinaria bélica perfectamente engrasada, el imperio trinisanto, liderado por un cretino que no duda en pisotear lo que se le ponga por delante, conquistando pueblos y ciudades en un intento de disimular sus propias carencias. También es la historia de una hermosa y emblemática ciudad abandonada a su suerte que sólo encontrará defensa en las manos del pueblo llano, el mismo que hasta hace unos días cambiaba pañales, servía cerveza y metía martillazos en un taller. Y no, no es una lucha de buenos contra malos, Vilar no escribiría alto tan manoseado cuando puede dar otra vuelta de tuerca y presentarnos personajes a los que sus propios actos definen y no el bando al que pertenecen; cuando nos puede dar a Akkón, un expresidiario utilizado como carne de cañón y a Amin, quien precisamente hace lo menos heroico que se puede ver en un campo de batalla aunque tal vez lo más inteligente visto el percal.

En fin, por segunda vez tenemos una magnífica obra entre las manos del mismo autor, capaz de tomarse todas las licencias que quiere y en la que no sobra nada, ni cocodrilos, ni escritores en catacumbas ni prólogos en los que cada uno nos transformamos en juez.

Es que hasta la guía de personajes es buena.

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