30 dic. 2008

Puedes pegarme. Puedes tirarme al suelo, incluso escupirme y mearme. Pero, por favor, no me aburras

El año ha pasado prácticamente y sinceramente, ha tenido demasiados contrastes de luces y sombras para mi gusto pero en un aspecto tengo un buen sabor de boca, ha sido un año bien aprovechado en lo que a mi gran pasión se refiere: la literatura. Alcancé el reto de los 50 libros y estoy muy satisfecha con el resultado.

A estas alturas de la historia puedo proclamar amor verdadero por Cormac McCarthy y su infernal forma de escribir. Auster se ha colado en mi cama y es un delicioso compañero de noches en vela. George Martin me ha llevado en volandas por una historia apasionante con personajes que pasarán a la historia de la literatura fantástica. Desde mi ateísmo rezo todas las noches para que este hombre no se muera antes de acabar la saga de Canción de hielo y fuego.

Pusimos fin a una de las sagas con la que he crecido, la de Harry Potter. No pude evitar la lagrimita cuando cerré el libro, al igual que no pude evitar la compra de Los cuentos de Beedle el Bardo. Si es que soy una sentimental, ganaron mis deseos de volver a encontrarme con Dumbledore.

Acabé la que hasta el momento es para mí la mejor saga de la ciencia-ficción, aquella que comienza con El juego de Ender, de Orson Scott Card. Qué espectacular es el mensaje que encierra.

Reafirmé el dicho de que siempre es mejor el libro que la película con Soy leyenda, para contradecirme acto seguido con ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Flaco favor le hizo al libro el hecho de que Blade Runner sea mi película favorita.

Me perdí por los caminos de la fantasía. A mis manos llegaron dos grandes sagas: las Crónicas de Belgarath e Historias de Terramar, aunque ésta última todavía no la he finalizado. He conocido a Terry Pratchett y nuestra relación va para largo.

En fin, ha sido un año de contrates donde grandes clásicos encabezados por Shakespeare se han dado la mano con el humor de Un trabajo muy sucio de Christopher Moore. Me he metamorfoseado en cucaracha y he sido testigo de la herejía de Horus. Me he rodeado de tinieblas con Lovecraft y he sentido la más profunda decepción con Carlos Ruiz Zafón y La sombra del viento.

¿Se puede pedir más? Sí, otro año y otros 50 libros.


12 dic. 2008

Todo empezó por un número equivocado.

Puede que un día sientas una necesidad imperiosa de leer una novela detectivesca y por ello dirijas tus pasos a esa zona de la librería que está dedicado a ello. Puede que como a mí y en una afortunada casualidad veas cómo destaca una novela amarilla, con un hombre de espaldas vestido con gabardina y sombrero y el perfil de Nueva York en la portada. Fijas los ojos en el nombre del escritor, Paul Auster, y puede que todavía no lo sepas pero acabas de golpear las puertas del cielo.

Ponte cómodo. Deja que Auster te envuelva, que te susurre con su espectacular forma de escribir. Te llevará de viaje, te presentará personajes que hasta ahora no has podido imaginar, sentirás la obsesión y la claustrofobia y cuando comiences a marearte, Nueva York te situará en el mapa.
Y todo empieza con una llamada de teléfono equivocada.


1 dic. 2008

El experimento de la cárcel de Stanford

Una de las preguntas que me hago es hasta dónde llega el ser humano en situaciones límites. ¿Y cuándo entra por medio el poder de unos pocos? Con el experimento de la cárcel de Stanford podemos hacernos una pequeña idea.

El experimento tenía como finalidad realizar un estudio psicológico sobre la respuesta a la cautividad de los presos. Para ello se puso un anuncio en los periódicos seleccionando a 24 de todos los que contestaron, aquellos que parecían más estables y sanos. El perfil era común: blanco, universitario y de clase media.

Lanzando una moneda se les dividió en dos grupos: los prisioneros y los guardias, por lo que no había ningún factor que les hiciera estar en un grupo o en otro aunque los prisioneros afirmaron que se eligieron a los más robustos para ser guardias. Acto seguido se pasó a establecer la “prisión” en los sótanos del departamento de psicología de Stanford.

A continuación se repartió la vestimenta: Los guardias llevarían uniforme caqui de inspiración militar, porra y gafas de espejo que impedían el contacto visual. Eran los únicos que tenían horas libres que podían aprovechar para irse a casa aunque muchos se prestaron a cubrir horas extras sin paga adicional. Los prisioneros vestirían batas sin ropa interior y sandalias con tacón de goma que les provocaba una situación física incómoda junto a la cadena que iba unida a sus tobillos. No se les llamaría por sus nombres sino por el número cosido a su uniforme.

Los guardias recibieron una única instrucción: no podían ejercer violencia física, dándoles la libertad de dirigir la prisión como vieran mejor. Los prisioneros fueron enviados a sus casas indicándoles que ya se les llamaría. Tiempo después fueron detenidos por sorpresa bajo la acusación de robo a mano armada por policías de verdad iniciándose el procedimiento de detención habitual e ingresando en la “prisión” preparada.

El experimento no duró más de una semana. Los prisioneros sufrieron un tratamiento sádico y humillante desarrollando rápidamente graves trastornos emocionales. Se abandonó la higiene, ir al baño pasó a ser un privilegio que podía ser negado. Se obligó a los prisioneros a limpiar retretes con las manos desnudas, a dormir en el suelo, la comida igualmente estaba restringida y también se les obligó a ir desnudos y a llevar a cabo actos homosexuales como humillación.

Pero lo más curioso del asunto es que llegó un momento en que se ofreció la “libertad condicional” a cambio de toda la paga. Cuando esta “libertad condicional” fue denegada a ningún prisionero se le pasó por la cabeza abandonar el experimento, incluso cuando dos de ellos fueron sustituidos por el trauma tan fuerte que sufrían.

Y el plato fuerte: de más de las 50 personas externas que siguieron el experimento sólo una, Christina Maslach, cuestionó su moralidad. Para más info, con fotos incluidas: http://www.prisonexp.org/spanish/indexs.htm